VIAJAR, ESA FORMA DEL DESVANECIMIENTO ENTRE
ENIGMAS, INTUICIONES Y SOSPECHAS
Los ojos hablan, las palabras
miran, las miradas piensan.
Octavio Paz.
Cuando usted viaje, deje su vida en su casa,
en su pueblo, en su ciudad. Es un artefacto inútil.
Juan Filloy
Todo viaje comienza en una librería: el único equipaje
imprescindible son los cuadernos y las lapiceras.
Bruce Chatwin
El espíritu itinerante que me embargó en el viaje a Europa y Oriente medio me impele hacia una escena que le es propia: las caminatas, que con sus avatares se constituyen en las partituras de mi paseo. Lo errabundo fija un sendero habitado por azares y sensaciones que me empujan hacia ciertos paisajes de lo desconocido, para perderme aún más, para olvidarme aún más de mi, para que advenga esa secreta música que pude escuchar, esos aromas citadinos que me supieron embargar. “Hay que vagabundear a sabiendas de que se trata del trabajo mas refinado”, dice Argullol, y la aventura emprendida fue por ello un dejarme arrastrar por las atmósferas citadinas plenas de aromas, sonidos, luces, rugosidades humanas y maquínicas. Intuir las promesas de unos destinos a los que supe (un saber de otro orden) llegar bajo la secreta lógica del azar y la curiosidad, en cuyos senderos la meta, si la hubo, fue desdibujada a favor del errar por calles, plazas y veredas.
La legibilidad de los textos urbanos es la de un libro en incesante mutación, en manos de un lector sin método ni comprensión racional. Si los recuerdos no siguen ninguna norma, el conocimiento sensible renuncia al raciocinio de la búsqueda metódica. El cicerone será la intuición de atender aquel sonido algo lejano, esa imagen que fugaz se escurre por el rabillo del ojo, una vidriera ambigua que me atrae sin un por qué.
La voluntad de perderme (el placer de la incertidumbre) es un anhelo inconfesado de despojarme de mí: no emprendo un viaje, es él quien a mí me emprende, me apropia y me despoja de identidades forjadas en lejanos suburbios. No se si estoy llegando o estoy llegándome, si estoy yendo o yéndome de mí. La memoria suspendida, el cuerpo que se autonomiza, desconocidas sensibilidades se me yerguen y me direccionan, mi cráneo se desgaja, se transforma en cuatro gaviotas que raudas parten en distintas direcciones y que me visitarán ininterrumpidamente durante semanas y semanas, provocadoras, altivas, desafiándome a saber quién voy siendo cada vez, cada vez que más me interno en este desconocido anciano continente, novísimo para mis ojos... obscenos pájaros que me adentran por los meandros de ciudades renacentistas que obsecadas se resisten a la industria turística, pero perdidosas, agotadas, se dejan enchastrar de fiestas y eventos simplistas y triviales, en un arte despojado de toda fuerza subversiva que se ofrece castrado a consumidores satisfechos, que se babean atendiendo el último acontecimiento promovido por una industria que no para de autoengendrarlos... ¿cómo sustraerse a esa lógica? ¿cómo no ser uno más de ellos? Creo que erigirse en individuo en estos tiempos de mundos de masas y masificaciones crecientes, es practicar un arte.
Comprendo que lo que puede ser visto es una categoría de la luz, que permite construir la mirada. Luz como ofrenda que podré recibir, si alcanzo ese raro equilibrio entre una actitud vigilante y otra desatenta. De las cuatro categorías de la mirada en que los objetos se ofrecen, esto es, invisible / traslúcido / opaco / transparente,
cuya trama es una banda de moebius, comencé mirando a tientas todo aquello que se me ofrecía para ser visto, como un ciego reciente, como en cuartos oscuros, como en ciudades en eclipse. Mi mirada cegada, que no podía asirse a lo existente, lo nuevo, lo otrora recorrido en imágenes y que ahora se erigía en violenta tridimensión. Formas, energías y sustancias juegaron conmigo, hipnotizadoras que ríen, que copulan, cómplices frente a mi azoramiento de fugaz visitante, sediento de luz, frágil nómade.
Voluntad de atrapar esos instantes que mi mirada sabía fugaces, lo insignificante que se percibe, el detalle que adviene con fuerza, la volatilidad de un gesto o un sibilante aroma, operaron construyendo una particular nostalgia: la del presente, que quise (y vanamente sigo queriendo) capturar en bitácora, rescatando aquello que es desperdicio: talonarios, sacos de té, tiquets de transporte, etiquetas de bebidas, boletos de entrada y otros excedentes, invisibles para el lugareño, para el adentrino, pero para mí voces de un coro extranjero y esquivo.
La ciudad y sus entornos me ofrendan luz: electricidad, sol, fuego y todo lo que tocan, es lo que deseo conocer. Allí eran otras las sombras y otros los brillos que refractan los ojos de los semejantes tan diferentes que me cruzan y me evitan. Estuve transido por estas intensidades, soy uno de los millares de testigos de aquel futuro pensado por tantos muertos, el que han legado los antepasados de centurias y milenios, edades abismales para ésta, mi existencia- niñez que subió desde los confines del último sur. Existencia en estado de suspensión absoluta, asaltada, de contornos borroneados.
Mi viaje fue emprender un tránsito por todos los sentidos, puertas de la percepción que son condición de partida para cualquier derrotero, para cualquier llegada. El viaje también como reivindicación de la escena gastronómica, el comer y el beber como manifestación de una ética, como una modalidad del arte. El carácter efímero y degradable de la ingesta es el signo distintivo de lo que me llevé a la boca: fugacidad y no frugalidad, invasión de las papilas sin mesura. Se trata quizás de una posición política antirracionalista: ensalzar aquellos sentidos denostados por las Teorías del Conocimiento que la Academia se ocupa de transmitir. Ensalzar la subjetividad del conocimiento sensible a través del olfato, el gusto y el tacto. Percibir a través de esos sentidos ninguneados por la Razón.
Ebriedad, embriaguez, estados espirituales que supe alcanzar en mi viaje iniciático por aquellas lejanas tierras, en las que intenté adentrarme...
La figura del tiempo que se apropió de mi persona, una vez más, fue la lentitud. “El campesino kabileño de Argelia –me dice E. Thompson- considera la prisa como una falta de decoro combinada con una ambición diabólica”. Ese sentimiento de la no urgencia, ese replegarse frente a lo nuevo para poder recibirlo desde “mi provincia interior” me permite existir desde la placidez. La intención de dejarme invadir por los estímulos, de no entrometerme en la mixtura con mis sensaciones, es también un dejarme ir, un aletargarme en mi raciocinio, en dejar suceder. Fue quizás un inadvertido ejercicio de abdicar la razón, de demorar formas de decisión, o también de dejarme llevar, entrar lentamente en la ensoñación de no saber, de sentir lo que sucedía intensamente, pero desde la inacción, casi como escuchando lo que susurró Pascal: “toda la infelicidad de los hombres proviene de una sola cosa: no saber estar inactivos dentro de una habitación”.
Comprendo la naturaleza de mi emprendimiento, la elección sensible de una inacción, de un rehusamiento de producción: vagar, perder el tiempo, no dejar huella, no tener proyecto. Fundar mi presencia allí por fuera de la lógica capitalista. “Estar donde trabaja la propia materia de los crepúsculos”, según P. Sansot, atisbar el ocaso citadino, el fin de la luz en la campiña, merodear las existencias, sentir su transmutación en imágenes dentro de mí, llamarme a silencio... Y también continuar en la metamorfosis de esos seres que transitaban junto a mí, tan desconocidos, o de ese paisaje que se abría desde la ventanilla del vehículo que me llevaba o que me traía, poco importa saber si el verbo fue ir o venir.
Así fui, así soy: constructor de ritos propiciatorios, buscador de elementos iniciáticos que me permitieron inaugurar inexactas colecciones, inciertos archivos, erráticas bitácoras. “El verdadero viajero se halla continuamente en el ojo de la tormenta. La tormenta es el mundo, el ojo aquello con que el viajero contempla el mundo. Quien aprende a mirar por ese ojo, quizás aprenda también a distinguir lo esencial de lo fútil”, me dice C. Nooteboom. Este viaje me mostró que ser viajante es el horizonte, que la cartografía es un advenimiento. Por ello he de volver: “una vez es ninguna vez” dejó dicho el entrañable Walter Benjamín.
miércoles 2 de enero de 2008
Del pensamiento ( II )
Martin Heidegger plantea que la palabra es la morada donde habita el ser del hombre y que son los pensantes y los poetas los vigilantes de esa morada, en tanto ellos en su decir son los que hacen hablar a la palabra y la conservan en el habla. El pensar obra en cuanto piensa. El pensar se deja interrogar, se consuma en este dejarse. El pensar y el amar se conjugan. El pensar “es”, y esto quiere decir lo mismo que se ha hecho. “Hacerse”, en su esencia, de una cosa o persona, significa amarla, quererla, y lo que uno “quiere”, es capaz de hacerlo. Este “amar” o sea este “capaz de” es la propia esencia de la capacidad, que no sólo puede realizar esto o aquello, sino que puede dejar que algo sea en su originalidad, esto es que pueda dejar que sea.
(...) La memoria es un tribunal permanente aunque arbitrario: premia gratuitamente y castiga con generosidad. Años enteros de nuestra existencia quedan sepultados bajo pesadas losas de olvido y, como contrapartida, surgen, firmemente asentados, momentos fulgurantes. Lo peculiar de este íntimo tribunal es su completa amoralidad. No actúa según códigos o leyes morales establecidas ni se remite a valores éticos positivos o negativos. No se puede afirmar, desde luego, que sea ajeno a la conciencia preobra, por así decirlo, según el instinto de conciencia.
Como tal instinto operante en el tejido del tiempo, la memoria saca a flote, incrustándolos en nuestro presente, los vértices decisivos de nuestra existencia. Poco importa que estos vértices hayan quedado aparentemente sumergidos en océanos de rutina, pues acaban prevaleciendo siempre, incluso contra nuestra voluntad. Cuando retornan aquellos ojos, aquella piel, aquel sonido, aquel aroma, resulta inútil oponerles resistencia recurriendo a un supuesto orden vital que, quizá, invita a prohibirlos.
En cuanto a instinto de conciencia, la memoria construye un relato secreto de nutra vida que diverge, cuando no se opone, al relato oficial que tendemos a legalizar, no sólo en relación al mundo exterior, sino también con respecto a nuestro propio mundo. Y este relato secreto es siempre inquietante, subversivo y, en el único sentido en que puede ser empleado este término, verdadero.
Ahora bien, , cómo se constituye este misterioso relato que guardamos en algún lugar recóndito de nuestro interior y al que sólo accedemos mediante la oblicua sinceridad del recuerdo? De entrada percibimos que nada tiene que ver con el tiempo normativo que dictamina nuestra cotidianeidad. Esta percepción contradice convicciones profundamente arraigadas en nosotros. Estamos habituados a aceptar que formamos parte de un tiempo acumulativo, lineal, brotado de un principio y orientado a tener un fin. A las razones biológicas que nos llevan a este convencimiento se les suman otras, culturales, que dirigen un determinado desarrollo de los destinos colectivos e individuales. Así se forma nuestra imagen del tiempo como un continuum irreversible en el que no caben “eternos retornos” y, ni siquiera, dislocaciones. Estamos sometidos al reloj, al calendario y a la ley.
Lo paradójico, no obstante, es que de modo simultáneo estamos en condiciones de observar que hay otro tiempo en nosotros que nos configura de una manera radicalmente distinta. Un tiempo ajeno a toda linealidad, desbocado, caótico, que fluye libremente apoderándose a zarpazos de nuestra mente. Este otro tiempo, mediante el que reconocemos el relato secreto de nuestra existencia, no admite la imagen de un continuum sino que, al contrario, se manifiesta con violentas discontinuidades, con bruscos saltos y retrocesos que agreden la idea comúnmente asumida del devenir. Desconocemos su funcionamiento pero captamos su presencia en forma de instantes que se enroscan en el árbol de nuestra razón, ofreciéndonos los frutos de sabor más intenso.
La superioridad, en nuestra conciencia, de tales instantes sobre le tiempo normativo al que ficticiamente obedecemos estriba en su fuerza y, también, en su libertad, acceden a nosotros libremente y nos sugieren un poder insuperable. Aunque quisiéramos, como a veces queremos, no podemos escapar a ellos porque representan, no lo mejor o peor de nosotros mismos, sino lo que ha grabado en nuestra identidad una señal imperecedera. A través del eco queremos volver una y otra vez al sonido originario, siguiendo las ondas expansivas deseamos recrear el momento en que la piedra chocó con el agua. En nuestro relato secreto cada uno de estos instantes encierra un mundo autosuficiente y, asimismo, en permanente transformación.
Rafael Argullol. El cazador de instantes. Cuaderno de travesía 1990-1995. Barcelona, ediciones Destino, 1996.
(...) La memoria es un tribunal permanente aunque arbitrario: premia gratuitamente y castiga con generosidad. Años enteros de nuestra existencia quedan sepultados bajo pesadas losas de olvido y, como contrapartida, surgen, firmemente asentados, momentos fulgurantes. Lo peculiar de este íntimo tribunal es su completa amoralidad. No actúa según códigos o leyes morales establecidas ni se remite a valores éticos positivos o negativos. No se puede afirmar, desde luego, que sea ajeno a la conciencia preobra, por así decirlo, según el instinto de conciencia.
Como tal instinto operante en el tejido del tiempo, la memoria saca a flote, incrustándolos en nuestro presente, los vértices decisivos de nuestra existencia. Poco importa que estos vértices hayan quedado aparentemente sumergidos en océanos de rutina, pues acaban prevaleciendo siempre, incluso contra nuestra voluntad. Cuando retornan aquellos ojos, aquella piel, aquel sonido, aquel aroma, resulta inútil oponerles resistencia recurriendo a un supuesto orden vital que, quizá, invita a prohibirlos.
En cuanto a instinto de conciencia, la memoria construye un relato secreto de nutra vida que diverge, cuando no se opone, al relato oficial que tendemos a legalizar, no sólo en relación al mundo exterior, sino también con respecto a nuestro propio mundo. Y este relato secreto es siempre inquietante, subversivo y, en el único sentido en que puede ser empleado este término, verdadero.
Ahora bien, , cómo se constituye este misterioso relato que guardamos en algún lugar recóndito de nuestro interior y al que sólo accedemos mediante la oblicua sinceridad del recuerdo? De entrada percibimos que nada tiene que ver con el tiempo normativo que dictamina nuestra cotidianeidad. Esta percepción contradice convicciones profundamente arraigadas en nosotros. Estamos habituados a aceptar que formamos parte de un tiempo acumulativo, lineal, brotado de un principio y orientado a tener un fin. A las razones biológicas que nos llevan a este convencimiento se les suman otras, culturales, que dirigen un determinado desarrollo de los destinos colectivos e individuales. Así se forma nuestra imagen del tiempo como un continuum irreversible en el que no caben “eternos retornos” y, ni siquiera, dislocaciones. Estamos sometidos al reloj, al calendario y a la ley.
Lo paradójico, no obstante, es que de modo simultáneo estamos en condiciones de observar que hay otro tiempo en nosotros que nos configura de una manera radicalmente distinta. Un tiempo ajeno a toda linealidad, desbocado, caótico, que fluye libremente apoderándose a zarpazos de nuestra mente. Este otro tiempo, mediante el que reconocemos el relato secreto de nuestra existencia, no admite la imagen de un continuum sino que, al contrario, se manifiesta con violentas discontinuidades, con bruscos saltos y retrocesos que agreden la idea comúnmente asumida del devenir. Desconocemos su funcionamiento pero captamos su presencia en forma de instantes que se enroscan en el árbol de nuestra razón, ofreciéndonos los frutos de sabor más intenso.
La superioridad, en nuestra conciencia, de tales instantes sobre le tiempo normativo al que ficticiamente obedecemos estriba en su fuerza y, también, en su libertad, acceden a nosotros libremente y nos sugieren un poder insuperable. Aunque quisiéramos, como a veces queremos, no podemos escapar a ellos porque representan, no lo mejor o peor de nosotros mismos, sino lo que ha grabado en nuestra identidad una señal imperecedera. A través del eco queremos volver una y otra vez al sonido originario, siguiendo las ondas expansivas deseamos recrear el momento en que la piedra chocó con el agua. En nuestro relato secreto cada uno de estos instantes encierra un mundo autosuficiente y, asimismo, en permanente transformación.
Rafael Argullol. El cazador de instantes. Cuaderno de travesía 1990-1995. Barcelona, ediciones Destino, 1996.
domingo 30 de diciembre de 2007
Del lenguaje ( IV )
Amigo:
Sabés que hay acciones del espíritu enraizadas en el silencio. Acciones que no están constituidas por razones, sino por pasiones. El deseo de una presencia, el dolor que suscita una ausencia. Es difícil hablar o escribir de estas acciones, pues ¿cómo puede el habla transmitir con justicia la forma y la vitalidad del silencio? ¿cómo escribir la ausencia? Lo inefable se encuentra más allá de las férreas fronteras de la palabra. Es que el lenguaje –sabemos- acarrea necesariamente impurezas y fragmentaciones, es una posibilidad y al mismo tiempo un límite: sintaxis. Sin embargo posee una fuerza cautivadora, no podemos salirnos de él, nos arrebata y nos habita irremediablemente. Somos criaturas gramaticales.
El silencio es un ademán, un gesto, que evita el habla, la escritura. No encierra, sino devela. La palabra rasga, hiere aquello que nace de las profundidades del espíritu. Por más esfuerzo que hagamos, caemos en la traducción, que es alejamiento: una galería de espejos deformantes.
Acaso hablar nos haga estar en el mundo de la razón. Callar es habitar el mundo de la transrazón. En realidad ignoramos el nombre de ese mundo, pues es probable que en ese mundo no exista nominación alguna.
Querer el lenguaje para transmitir aquello que no tiene ciframiento lingüístico, hace que las mismas palabras nos vuelvan la espalda, y se escabullan de nuestra sensibilidad. Cuando hablamos de nuestro profundo sentir, caemos frecuentemente en una jerga. Nos convertimos en chapuceros linguísticos que buscamos palabras como objetos en un almacén de antiguedades, hablamos como torpes nadadores de agua dulce, de un territorio compuesto por mares de sangre. Pretendemos ser expertos catadores de palabras destiladas, que se constituyan en fiel reflejo de nuestros pesares y sentires.
Pero los vientos del espíritu no reconocen enólogo alguno, estos vientos no pueden ser embotellados y añejados. Caemos en un entendimiento ilusorio, falsamente reconfortante, ya que el lenguaje es un artefacto que puede producir belleza, más no la diáfana transparencia, o la ominosa oscuridad de otros mundos no linguísticos. Podemos investigar, experimentar, jugar con el lenguaje, querer manifestar lo que nos pasa.
Voy a jugar:
Adonde te escondiste, amigo, y me dejaste con gemido?
Como el ciervo huiste, presuroso, habiéndome herido,
cuando cuenta me dí, tras de ti clamando salí
-antes sólo hube reído-
Pero ya no estabas, eras ido
A los dioses rugí, y a tu sombra maldecí
Mas esas palabras negras se fueron diluyendo, no hicieron nido
El dolor no cesa, pues la distancia troca dura.
Descúbreme tu presencia y mátame el melancólico pensamiento
pues la dolencia por añoranza no se cura
sino con la presencia y la figura.
Hablar es adoptar una singularidad, una distinción producto de abandonar el silencio de la existencia, rumbo al sonido de la creación. El vientito que sale de los labios, no es anhelo, sino convención: sonidos apalabrados. Ya no luz, ya no música, ya no mirada, sino palabra.
Lo de mí doliente, no encuentra consuelo en la palabra, más trata de balbucear a través de ella. Lo que no cesa no es la palabra, sino el amor, y el dolor por la distancia, por la ausencia. El gesto del silencio rehúsa de la razón. Mas no reniego de la palabra, pues por ella nos conocimos, aún sabiendo que entre ella y el silencio media un cisma.
Sabés que hay acciones del espíritu enraizadas en el silencio. Acciones que no están constituidas por razones, sino por pasiones. El deseo de una presencia, el dolor que suscita una ausencia. Es difícil hablar o escribir de estas acciones, pues ¿cómo puede el habla transmitir con justicia la forma y la vitalidad del silencio? ¿cómo escribir la ausencia? Lo inefable se encuentra más allá de las férreas fronteras de la palabra. Es que el lenguaje –sabemos- acarrea necesariamente impurezas y fragmentaciones, es una posibilidad y al mismo tiempo un límite: sintaxis. Sin embargo posee una fuerza cautivadora, no podemos salirnos de él, nos arrebata y nos habita irremediablemente. Somos criaturas gramaticales.
El silencio es un ademán, un gesto, que evita el habla, la escritura. No encierra, sino devela. La palabra rasga, hiere aquello que nace de las profundidades del espíritu. Por más esfuerzo que hagamos, caemos en la traducción, que es alejamiento: una galería de espejos deformantes.
Acaso hablar nos haga estar en el mundo de la razón. Callar es habitar el mundo de la transrazón. En realidad ignoramos el nombre de ese mundo, pues es probable que en ese mundo no exista nominación alguna.
Querer el lenguaje para transmitir aquello que no tiene ciframiento lingüístico, hace que las mismas palabras nos vuelvan la espalda, y se escabullan de nuestra sensibilidad. Cuando hablamos de nuestro profundo sentir, caemos frecuentemente en una jerga. Nos convertimos en chapuceros linguísticos que buscamos palabras como objetos en un almacén de antiguedades, hablamos como torpes nadadores de agua dulce, de un territorio compuesto por mares de sangre. Pretendemos ser expertos catadores de palabras destiladas, que se constituyan en fiel reflejo de nuestros pesares y sentires.
Pero los vientos del espíritu no reconocen enólogo alguno, estos vientos no pueden ser embotellados y añejados. Caemos en un entendimiento ilusorio, falsamente reconfortante, ya que el lenguaje es un artefacto que puede producir belleza, más no la diáfana transparencia, o la ominosa oscuridad de otros mundos no linguísticos. Podemos investigar, experimentar, jugar con el lenguaje, querer manifestar lo que nos pasa.
Voy a jugar:
Adonde te escondiste, amigo, y me dejaste con gemido?
Como el ciervo huiste, presuroso, habiéndome herido,
cuando cuenta me dí, tras de ti clamando salí
-antes sólo hube reído-
Pero ya no estabas, eras ido
A los dioses rugí, y a tu sombra maldecí
Mas esas palabras negras se fueron diluyendo, no hicieron nido
El dolor no cesa, pues la distancia troca dura.
Descúbreme tu presencia y mátame el melancólico pensamiento
pues la dolencia por añoranza no se cura
sino con la presencia y la figura.
Hablar es adoptar una singularidad, una distinción producto de abandonar el silencio de la existencia, rumbo al sonido de la creación. El vientito que sale de los labios, no es anhelo, sino convención: sonidos apalabrados. Ya no luz, ya no música, ya no mirada, sino palabra.
Lo de mí doliente, no encuentra consuelo en la palabra, más trata de balbucear a través de ella. Lo que no cesa no es la palabra, sino el amor, y el dolor por la distancia, por la ausencia. El gesto del silencio rehúsa de la razón. Mas no reniego de la palabra, pues por ella nos conocimos, aún sabiendo que entre ella y el silencio media un cisma.
Del lenguaje ( III )
SUJETO INCIERTO
Aparecer en los ojos de quien lee estos párrafos es un aparecer con pretensiones. Son las de buscar un lugar fuera del poder donde no se erijan jueces, elegidos, ni detentadores de algún “saber estético” instituido. Escribir desde fuera de toda prescripción y sanción institucional, aun sabiendo que lo oscuro está allí, agazapado esperando persuadir, seducir, "querer asir".
Pretensiones de renunciar a engendrar la falta en el lector (“yo no sé escribir”, “yo no puedo escribir”, “yo no tengo el don, el talento”) para llenar esta falta con la arrogancia del discurso-poder.
Pretensiones de no ejercer un puesto en el Poder Legislativo del lenguaje, de que sordos ruidos oír se dejen y que martillen la conciencia del que consume los imperativos discursos: "amarás", "odiarás", "ambicionarás".
Pretensiones de escapar al sometimiento de las reglas del discurso y de las formaciones ideológicas, de hacerle trampas a la lengua, de sacarle la lengua a la lengua.
Pretensiones de esconderse de todo establecimiento linguístico, de burlarse del signo, jugando a revolver las palabras: literatura.
Aparecer en los ojos de quien lee estos párrafos es un aparecer con pretensiones. Son las de buscar un lugar fuera del poder donde no se erijan jueces, elegidos, ni detentadores de algún “saber estético” instituido. Escribir desde fuera de toda prescripción y sanción institucional, aun sabiendo que lo oscuro está allí, agazapado esperando persuadir, seducir, "querer asir".
Pretensiones de renunciar a engendrar la falta en el lector (“yo no sé escribir”, “yo no puedo escribir”, “yo no tengo el don, el talento”) para llenar esta falta con la arrogancia del discurso-poder.
Pretensiones de no ejercer un puesto en el Poder Legislativo del lenguaje, de que sordos ruidos oír se dejen y que martillen la conciencia del que consume los imperativos discursos: "amarás", "odiarás", "ambicionarás".
Pretensiones de escapar al sometimiento de las reglas del discurso y de las formaciones ideológicas, de hacerle trampas a la lengua, de sacarle la lengua a la lengua.
Pretensiones de esconderse de todo establecimiento linguístico, de burlarse del signo, jugando a revolver las palabras: literatura.
Del lenguaje ( II )
SIGNADO
Ocultarme de las palabras
censoras
alteradas.
No mirarlas
tragadoras
desnombradas
telepáticas.
No desearlas
imperiales
atiborradas
sucias
desarticuladas.
No guardarlas
robadoras
directrices
marcadoras
torcidas
prepotentes.
No atesorarlas
vividoras
obsenas
ateridas
agregadas
abandonadas.
Que no alcancen
la trémula luz.
Ocultarme de las palabras
censoras
alteradas.
No mirarlas
tragadoras
desnombradas
telepáticas.
No desearlas
imperiales
atiborradas
sucias
desarticuladas.
No guardarlas
robadoras
directrices
marcadoras
torcidas
prepotentes.
No atesorarlas
vividoras
obsenas
ateridas
agregadas
abandonadas.
Que no alcancen
la trémula luz.
Del lenguaje
Los seres humanos, desde el inicio mismo de la cultura, significamos nuestra experiencia a través de formas simbólicas, entre otras cosas, para hacerla intercambiable. Esa significación se produce a través de un “tráfico” de signos. El semiólogo U. Eco afirma que el signo constituye un instrumento de separación de la mera percepción, de la experiencia inmediata, imponiendo la abstracción. Elaboramos signos antes de emitir sonidos, de pronunciar palabras. Allí donde se instaura una forma observable de intercambio de signos, existe una cultura, es decir, adviene el lenguaje.
Es que somos, existimos y nos relacionamos a partir del lenguaje: a través de él es posible tener la primera organización del mundo, por él somos capaces de diferenciar objetos, reconocer sentimientos, describir situaciones y ubicarnos en la sociedad. Somos en el lenguaje, nuestra realidad sólo puede ser expresada a través de él, aunque también somos de lenguaje, no existe pensamiento sin lenguaje, ni posibilidad de conocimiento.
Todo acontecimiento, en tanto no sea estrictamente reductible a mecanismos naturales, es histórico, lo que incluye al fenómeno del lenguaje humano, puesto que no es reductible a aquellos mecanismos y por tanto, lo definiremos como acontecimiento histórico que entra en relación con otros acontecimientos de este tipo.
El lenguaje sirve de vehículo al pensamiento, que articula conceptos (formas de la abstracción). Nombrar no es poner una etiqueta a las cosas, sino categorizar, organizar el mundo interno y externo, si es que cabe la diferencia. Son las palabras las que vehiculizan ese poder conceptualizador: crean los conceptos tanto como éstos requieren de las palabras. Seríamos incapaces de distinguir dos ideas de una manera clara y constante sin el recurso del lenguaje.
Pese a su frecuente uso (o debido a ello), el lenguaje es un término de carácter polisémico y ambiguo, y los límites de su definición, en muchos casos, son borrosos e imprecisos. Además, la multiplicidad y variedad de sus usos implica que el término lenguaje remita a un fenómeno que puede ser analizado desde muy diferentes perspectivas, en relación con muy diferentes tipos de situaciones y en referencia a dimensiones de análisis de variada naturaleza, numerosos aspectos teóricos, metodológicos, planos de abstracción y objetivos diversos.
Es que somos, existimos y nos relacionamos a partir del lenguaje: a través de él es posible tener la primera organización del mundo, por él somos capaces de diferenciar objetos, reconocer sentimientos, describir situaciones y ubicarnos en la sociedad. Somos en el lenguaje, nuestra realidad sólo puede ser expresada a través de él, aunque también somos de lenguaje, no existe pensamiento sin lenguaje, ni posibilidad de conocimiento.
Todo acontecimiento, en tanto no sea estrictamente reductible a mecanismos naturales, es histórico, lo que incluye al fenómeno del lenguaje humano, puesto que no es reductible a aquellos mecanismos y por tanto, lo definiremos como acontecimiento histórico que entra en relación con otros acontecimientos de este tipo.
El lenguaje sirve de vehículo al pensamiento, que articula conceptos (formas de la abstracción). Nombrar no es poner una etiqueta a las cosas, sino categorizar, organizar el mundo interno y externo, si es que cabe la diferencia. Son las palabras las que vehiculizan ese poder conceptualizador: crean los conceptos tanto como éstos requieren de las palabras. Seríamos incapaces de distinguir dos ideas de una manera clara y constante sin el recurso del lenguaje.
Pese a su frecuente uso (o debido a ello), el lenguaje es un término de carácter polisémico y ambiguo, y los límites de su definición, en muchos casos, son borrosos e imprecisos. Además, la multiplicidad y variedad de sus usos implica que el término lenguaje remita a un fenómeno que puede ser analizado desde muy diferentes perspectivas, en relación con muy diferentes tipos de situaciones y en referencia a dimensiones de análisis de variada naturaleza, numerosos aspectos teóricos, metodológicos, planos de abstracción y objetivos diversos.
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